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"Nadie tiene amor más grande que Él que da la
vida por sus amigos".
(Juan 15, 13)

La Confesión: Guía Práctica*

Introducción

El hombre de hoy intenta llenar su vida con numerosas experiencias de todo tipo (a las que en otra época no habría tenido acceso), pero en muchos casos no sabe qué es lo que quiere o qué es lo que más le conviene. El objetivo de este documento, es el de evitar que esta confusión nos haga perder la experiencia hermosa del encuentro con el Dios del perdón, en el sacramento de la reconciliación.

I. ¿ Qué es el pecado ?

1. Dios no es el policía que se encarga de mantener el orden levantando infracciones. Ni el arbitro de fútbol que nos acecha para sorprendernos en un error. Dios es amor. Y lo ha demostrado haciéndose hombre, rebajándose a hacerse un hombre como nosotros. El cristianismo no es un conjunto de prohibiciones, sino un camino de vida, el camino de crecimiento que nuestro Padre amoroso ha trazado para la felicidad de nosotros, sus hijos.

2.
El pecado es la osadía del hombre que rechaza ese designo de amor que Dios le propone. El pecado es desamor. El hombre es el único animal capaz de decirle si a Dios (esa es su grandeza), pero también es el único capaz de rebelarse contra Dios.

3. El pecado es un verdadero suicidio eterno porque renunciamos voluntariamente a la felicidad eterna que Dios nos propone. El pecado supone decirle a Dios: "Señor, no me gusta el proyecto que Tú has ideado para hacerme feliz. No voy a ser feliz si sigo lo que Tú habías previsto para mí. Por eso yo voy a construir mi felicidad a mi manera".

II. Pecados famosos de la historia

1. El pecado de los ángeles: "No te serviré más". No quisieron conformarse con ser ángeles y pretendieron ser dioses.

2. El de Adán y Eva: Pensaron que ellos podían conseguir por su propia cuenta una felicidad mayor que la recibida de manos de Dios y decidieron apartarse del plan que Dios les había trazado. Pero Dios los había creado libres, y respetó la decisión que libremente tomaron. Los había creado para que fueran sus amigos, no sus esclavos; es decir, Dios no quiso crear al hombre, para que este se viera obligado a aceptar los dones y el amor que Él le ofrecía, sino que quiso que este los pudiera tomar o rechazar libremente. Dios quiso crear al hombre para enseñarle a amar. Con su pecado, Adán y Eva le dicen a Dios que prefieren buscar la felicidad lejos de Él, que confían mas en sus propias fuerzas que en el amor de Dios.

3. El de los fariseos y jefes del pueblo judío: Sabían que Dios, en su absoluta misericordia, se había comprometido a mandar un Salvador que sacaría al hombre para siempre del abismo en que cayó por el pecado. Sin embargo, fueron haciéndose una imágen del Salvador a su capricho y la deformaron tanto, que cuando lo tuvieron enfrente no lo reconocieron. Según ellos, Jesús de Nazaret era un impostor porque no encajaba en el molde que ellos habían ideado para el Salvador. También en nuestros días tratamos de hacernos un cristianismo a la medida, listo para llevar. Estamos dispuestos a aceptar el plan de Dios sólo si se acomoda a nuestros intereses y comodidades.

4. Tu pecado: Tú no has sabido seguir el plan de Dios y has cometido la insensatez de buscar la felicidad por tu cuenta. Quisiste ser tu propio dios y un dios así, con minúscula, no puede hacer feliz a nadie. Dios nos ama individualmente, y por eso ha muerto en la Cruz por cada uno de nosotros.

III. Actitud de Cristo ante el pecado y el pecador

1. La mujer adúltera: Los judíos pensaban poner en ridículo a Jesús: o negaba su mensaje de perdón o negaba la ley de Moisés: "Vete y no peques más", le dijo Jesús a la mujer. Es decir:"Yo no te condeno a morir lapidada, porque lo que me interesa es que no peques más". A Jesús no le interesa acabar de hundir al pecador, sino sacarlo del abismo en que se encuentra, por profundo que sea.

2. Los perseguidores de Jesús: Cristo está en la Cruz. Sus enemigos lo insultan y lo humillan. Cualquiera de nosotros, ante tanto abuso y bajeza, se sentiría justificado de liberar toda la furia en un castigo ejemplar. Jesús podía desintegrarlos allí mismo, pero quiso dejarnos una lección mucho más hermosa, el perdón: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". El amor de Dios sufre porque esos corazones duros no quieren abrirle sus puertas.

IV. Actitud del hombre frente al pecado

1. Mi juez es Jesús: Encontramos un gusto muy especial en descubrir las fallas de los demás; nuestros corazones mezquinos, tienen la tendencia a aplicar al prójimo la rigidez de una ley que quizá en el fondo, ni siquiera signifique mucho para nosotros. Apoyados en nuestra justicia (tan humana como estrecha), negamos otra oportunidad al hermano caído. Jesús, sin embargo, tiene siempre otra oportunidad para nosotros, incluso cuando nuestro pecado es tan grande que nos hace perder toda esperanza. Para Él, mientras haya un alma que lo busca, no hay casos perdidos.

2. El pecado contra el Espíritu Santo: Hay un pecado que ni siquiera Dios puede perdonar y que es el mas grave de todos: el pecado contra el Espíritu Santo. Es el pecado de aquel que cierra la puerta de su corazón a Dios, que se siente tan satisfecho o desilusionado de sí mismo que no acepta el perdón de Dios.

3. Judas y Pedro: La diferencia abismal entre Judas y Pedro está en su forma de responder a la mano que Cristo les tiende a los dos traidores. Judas, angustiado, no acepta la mano misericordiosa de Dios y se ahorca, poniendo fin a toda esperanza. Pensó que la gravedad de su pecado era más grande que la misericordia de Dios, o quizá, se le hizo muy duro reemprender el camino correcto. En cambio Pedro, siente en la mirada silenciosa de Cristo una mano de perdón y sale fuera de la casa del sumo sacerdote llorando amargamente por su pecado. Pedro sabe que le ha fallado a Jesús y sufre por ello, pero sabe también que el amor de su Maestro es mucho mas grande que su traición y arde en deseos de enmendar su error. Donde hay hombres, hay fallas. La diferencia está en que unos saben aceptar la misericordia de Dios y otros no.

V. El Sacramento de la Reconciliación

Dios tiende su mano misericordiosa a todo pecador sin excepción. A nosotros nos llega esa mano a través del sacramento de la Reconciliación.

1. Un poco de historia: El sacramento de la Reconciliación lo instituyó Cristo. Ya desde los primeros siglos de la Iglesia tenemos noticias de la práctica de este sacramento. La Iglesia prefiere el término "Reconciliación", en lugar de "Penitencia", para resaltar aquello que es más esencial en el sacramento: el reencuentro con alguien que me ama, a quien me duele haber tratado tan injustamente, y a quien me duele haber lastimado con mi pecado.

2. Para valorar este sacramento: Meditar el precio que costó al Señor instituirlo. Si para alguien es costosa una confesión, es para Dios, que nos perdona. Cristo tuvo que sudar sangre de angustia; tuvo que soportar insultos, salivazos, bofetadas, latigazos, la corona de espinas, la crucifixión, la traición de los suyos, el desprecio y la burla de sus enemigos, la soledad. Tuvo que afrontar la misma muerte. Este es el precio que Cristo estuvo dispuesto a pagar por salvarte de tu pecado, porque te ama.

VI. Algunas aclaraciones

1. Pecado mortal y pecado venial: Pecado mortal es aquel que por su malicia, ofende gravemente a Dios, hace perder al hombre el estado de gracia y le hace merecedor del Infierno. Se llama mortal por la muerte espiritual y eterna que genera. Encierra un rechazo radical de Dios-Amor. Optar por algo que sabemos le ofende de manera grave, supone, lógicamente, un alejamiento radical de Él. Son tres los elementos del pecado mortal:

Materia grave: Para que exista pecado mortal es necesario que sea lesionado algún principio moral básico, algún aspecto importante del plan de Dios para el hombre.

Pleno conocimiento: Que la persona que comete el pecado se percate de lo que está haciendo.

Pleno consentimiento: Debe existir un movimiento de la libre voluntad humana. Un acto humano no será pecaminoso si no ha sido realizado libremente.

Pecado venial es aquel que, ofendiendo también a Dios, no encierra una malicia o gravedad que conlleva un rechazo radical de su amor, o un apartamiento total de su plan.

2. Frecuencia de la confesión: Es necesario acudir al sacramento de la reconciliación siempre que se haya cometido un pecado mortal. También es recomendable acudir frecuentemente al sacramento; esto te ayuda no sólo a recibir el perdón de los pecados, sino a fortalecer tu vida cristiana con la gracia que recibes.

3. La Confesión Comunitaria: El sacramento puede administrarse comunitariamente, con una absolución general, en casos de emergencia. Pero aquellos que reciben una absolución general o comunitaria, quedan obligados de todos modos a confesarse en forma individual con el Sacerdote a la mayor brevedad posible.

4. Comulgar sin confesarse: No deberá comulgar nadie en pecado mortal sin antes confesarse. Si no existen pecados graves, basta con hacer un acto de contrición internamente, como costumbre saludable antes de recibir al Señor.

5. El Juicio Final: Dios te preguntará en tu corazón: "¿ Has amado ?". No nos preguntará que hemos hecho, sino si hemos amado. Para nosotros amar será olvidarnos de nosotros mismos y empezar a pensar más en Dios y en los que nos rodean. El cristianismo no consiste en no morir, sino en vivir y crecer; no consiste simplemente en no pecar, sino en amar. En cada una de nuestras faltas, es Cristo Él que me dice: "No me diste de comer, no me diste de beber, estuve enfermo y no me visitaste. Necesitaba perdón y no me lo diste, me criticaste, me calumniaste, me insultaste, no me tuviste paciencia, creaste la división dentro de nuestra familia, me humillaste, me despreciaste, me juzgaste con dureza, preferiste tu vida cómoda en lugar de molestarte en ayudarme".

6. Resumen: Perdonar es tarea de Dios y no hay alma más bella que aquella que vive el perdón, porque en el perdón refleja a Dios. Cuando el alma experimenta el perdón, recibido como fruto del amor, cuando el alma vislumbra, aunque sea en una mínima parte, la hermosura del amor de Dios que le perdona, caen todos los prejuicios y entra en ella esa paz que tan lejos está de tantas personas. La misma paz que inundó el corazón de Pedro o que cambió para siempre la vida de María Magdalena.

*Nota: Texto tomado del sitio churchforum.org